Las campañas de la oposición contaban ahora con unos medios de comunicación más desarrollados que décadas atrás. La prensa periódica se había fortalecido. En buena parte debido a la extensión de la alfabetización (entre los censos de 1940 y 1961 el analfabetismo retrocedió del 58 al 27 por ciento), lo que incluso llevó a la difusión de muchos periódicos en provincias. Durante los años cincuenta aparecerían semanarios políticos como Caretas, o como Rochabús, que más bien practicaba el humorismo político. “Sofocleto”, pseudónimo del conocido humorista Luis Felipe Angell, daba inicio a su prolongada trayectoria en el periodismo peruano. El economista Pedro Beltrán modernizó el antiguo diario La Prensa, donde se formaría toda una promoción de periodistas peruanos.
A ello se sumó la
impresionante difusión de la radio en la sociedad rural. El aparato de
transistores, totalmente portátil y alimentado por económicas pilas de
manganeso, comenzó a ser parte común del mensaje de las casas campesinas y un
acompañante frecuente del trabajador minero o el del servicio doméstico,
durante sus labores.
Precisamente la
radio, junto con el ya mencionado fenómeno de la migración a la capital, dieron
paso a la aparición en los años cincuenta de las figuras populares de la
canción vernácular. El “jilguero del
Huascarán”, el “Zorzal Andino”, el “Picaflor de los Andes”, junto con la “Flor
Pucarina” y muchas otras cantantes, surgieron como símbolos populares a escala
casi nacional. Además de transmitir su música por la radio, llenaban los
coliseos de las ciudades (una suerte de teatros populares) y campos deportivos
en los fines de semana. De esta manera la música campesina dejó de ser una
expresión solamente localista; alcanzó dimensión nacional y sus compositores
eran invitados a las radios, aparecían en los periódicos y eran tentados por
empresas discográficas.
En torno a los
mercados y algunas plazas de la periferia del centro histórico, como las del
Dos de Mayo y la Ramón Castilla (Plaza Unión) en Lima, apareció una floreciente
actividad comercial que atendía las demandas de la población migrante. Ropa,
calzado, comida y bebidas al paso, menaje doméstico, entre otros productos,
eran vendidos bajo el fondo musical de
discos de 45 revoluciones con los temas folklóricos de moda. Eran los inicios
del comercio ambulatorio, que década más tarde, llegarían virtualmente a tomar
por entero el centro de la capital.
Todas estas
transformaciones: la extensión de la educación secundaria y superior, la
migración a las ciudades y la “nacionalización” de la cultura y la música
vernacular, dieron paso a la aparición de un nuevo personaje social: el mestizo
ilustrado. Hombres provenientes del mundo campesino, cuyos padres jamás se
acercaron a un periódico, eran ahora “normalistas” (profesores secundarios),
dirigían publicaciones locales, o habían adquirido profesiones como la de
abogado o ingeniero. La sociología llamó a este fenómeno “cholificación”; una
forma de incorporación de la población campesina a la comunidad nacional. El
“cholo” era el antiguo indígena, que gracias a su educación y al esfuerzo
personal, había ascendido socialmente y logrado una integración, por lo menos
parcial, a la sociedad urbana. En ella sus roles fueron generalmente
subalternos y padeció de formas más sutiles de racismo y discriminación.
La
“cholificación”, un término creado por Aníbal Quijano, comenzó a cuestionar los
roles sociales adscritos a las razas, del tipo: blanco = profesional o
propietario; mestizo = artesano, pequeño comerciante u obrero; indígena =
campesino analfabeto o sirviente doméstico.
Pero en los años cincuenta la sociedad peruana - sobre todo en el
interior - era aún lo bastante rígida y jerarquizada como para merecer ser
descrita como un orden social de “castas”, como lo hizo el sociólogo francés
Francois Bourricaud en su monografía acerca de Puno, ciudad que visitó y
estudió en 1953.
Historia del Perú
Contemporáneo
Autores: Carlos
Contreras y Marco Cueto
pp. 244; 246

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