jueves, 8 de agosto de 2024

LA EXPLOSIÓN DEMOGRÁFICA Y LA MIGRACIÓN A LA CIUDAD (FINALES DE LOS 40)

Muchas cosas habían cambiado con relación al Perú de comienzos del siglo. Tal vez la más importante era que el país iniciaba desde los años cuarenta una verdadera explosión demográfica, donde se empezaría a reducir la tasa de mortalidad infantil, se mantendría una relativamente alta tasa de nacimientos y se empezaba a controlar los estragos de las principales enfermedades infecciosas. La población del país se duplicó en treinta años: siendo de seis y medio millones en 1940, llegó a nueve millones novecientos mil en el censo de 1961 incrementándose las necesidades de salud, vivienda y educación, lo que significaría desde entonces un campo fértil para el populismo de cualquier tendencia.

Lo cierto era que desde todas las posiciones políticas se proponían políticas sociales populistas, más o menos radicales, sobre todo en las áreas de la expansión de la educación secundaria y superior y la asistencia hospitalaria.  La expectativa de que la Universidad era un efectivo canal de ascenso social, alentó el progresivo crecimiento y posterior masificación de la educación superior, haciendo cada vez más precarias las posibilidades de una educación de calidad en la universidad pública. Estas empezaron a politizarse, reflejando la organización y las tendencias presentes en los movimientos sindicales que ocurrían fuera de los claustros. La Universidad de San Marcos, donde apristas y comunistas habían logrado importantísima presencia, fue una decisiva sede de la oposición durante los años cincuenta y sesenta.

En la medida que los analfabetos estaban excluidos del voto según la Constitución vigente de 1933, y dado que los alfabetos se concentraban en las ciudades, dichos servicios crecieron sobre todo en las áreas urbanas, propiciando una masiva migración desde el campo a la ciudad y, al mismo tiempo, de la sierra hacia la costa. Lima sobrepasó el millón de habitantes en 1950 y alcanzó los dos millones doce años después; la costa ya reunía el 39 por ciento de la población, de acuerdo al censo de 1961. Esta migración interna, que convirtió al Perú al cabo de unas décadas, en un país con un perfil predominantemente mestizo, urbano y costeño, fue favorecida por el control, con técnicas modernas, de enfermedades endémicas de la costa como la malaria, que tradicionalmente atacaban a los nativos de la sierra.

La migración abrupta de jóvenes serranos, alimentada no sólo por el espejismo de la educación superior, sino por la crisis de la agricultura en la sierra, incapaz de competir con los alimentos importados que los avances en el transporte marítimo habían abaratado, dio inicio a la formación de barriadas precarias alrededor de la capital.  Ahí se incubó un “lúmpenproletariado” fácilmente movilizable y conquistable políticamente.  El origen de la primera barriada en Lima se remonta a la invasión del Cerro San Cosme en 1946, cuando poco más de un centenar de personas decidieron construir en sus laderas, precarias viviendas. Posteriormente se generalizó esta forma de conseguir vivienda en Lima y otras ciudades. Los tugurios de las viejas residencias del centro de Lima y sus callejones “de un solo caño”, comenzaron, desde los años cincuenta, a dejar de ser el exclusivo lugar de residencia de los sectores populares urbanos. El nulo acceso al crédito de los bancos entre las oleadas de inmigrantes, su imposibilidad de pagar alquileres, dados sus bajos ingresos, junto con el desconcierto y ambigüedad del Estado frente al fenómeno de las invasiones, crearon esta gráfica expresión del “desborde popular”, que en los años sesenta el presidente Belaúnde bautizaría con el eufemismo de “pueblos jóvenes”.

 

Historia del Perú Contemporáneo

Autores: Carlos Contreras, Marcos Cueto pp. 241, 243

     






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