Muchas cosas habían cambiado con relación al Perú de comienzos del siglo. Tal vez la más importante era que el país iniciaba desde los años cuarenta una verdadera explosión demográfica, donde se empezaría a reducir la tasa de mortalidad infantil, se mantendría una relativamente alta tasa de nacimientos y se empezaba a controlar los estragos de las principales enfermedades infecciosas. La población del país se duplicó en treinta años: siendo de seis y medio millones en 1940, llegó a nueve millones novecientos mil en el censo de 1961 incrementándose las necesidades de salud, vivienda y educación, lo que significaría desde entonces un campo fértil para el populismo de cualquier tendencia.
Lo cierto
era que desde todas las posiciones políticas se proponían políticas sociales
populistas, más o menos radicales, sobre todo en las áreas de la expansión de la
educación secundaria y superior y la asistencia hospitalaria. La expectativa de que la Universidad era un
efectivo canal de ascenso social, alentó el progresivo crecimiento y posterior
masificación de la educación superior, haciendo cada vez más precarias las
posibilidades de una educación de calidad en la universidad pública. Estas
empezaron a politizarse, reflejando la organización y las tendencias presentes
en los movimientos sindicales que ocurrían fuera de los claustros. La
Universidad de San Marcos, donde apristas y comunistas habían logrado
importantísima presencia, fue una decisiva sede de la oposición durante los
años cincuenta y sesenta.
En la
medida que los analfabetos estaban excluidos del voto según la Constitución
vigente de 1933, y dado que los alfabetos se concentraban en las ciudades,
dichos servicios crecieron sobre todo en las áreas urbanas, propiciando una
masiva migración desde el campo a la ciudad y, al mismo tiempo, de la sierra
hacia la costa. Lima sobrepasó el millón de habitantes en 1950 y alcanzó los
dos millones doce años después; la costa ya reunía el 39 por ciento de la
población, de acuerdo al censo de 1961. Esta migración interna, que convirtió
al Perú al cabo de unas décadas, en un país con un perfil predominantemente
mestizo, urbano y costeño, fue favorecida por el control, con técnicas
modernas, de enfermedades endémicas de la costa como la malaria, que
tradicionalmente atacaban a los nativos de la sierra.
La
migración abrupta de jóvenes serranos, alimentada no sólo por el espejismo de
la educación superior, sino por la crisis de la agricultura en la sierra,
incapaz de competir con los alimentos importados que los avances en el
transporte marítimo habían abaratado, dio inicio a la formación de barriadas
precarias alrededor de la capital. Ahí
se incubó un “lúmpenproletariado” fácilmente movilizable y conquistable
políticamente. El origen de la primera
barriada en Lima se remonta a la invasión del Cerro San Cosme en 1946, cuando
poco más de un centenar de personas decidieron construir en sus laderas,
precarias viviendas. Posteriormente se generalizó esta forma de conseguir
vivienda en Lima y otras ciudades. Los tugurios de las viejas residencias del
centro de Lima y sus callejones “de un solo caño”, comenzaron, desde los años
cincuenta, a dejar de ser el exclusivo lugar de residencia de los sectores
populares urbanos. El nulo acceso al crédito de los bancos entre las oleadas de
inmigrantes, su imposibilidad de pagar alquileres, dados sus bajos ingresos,
junto con el desconcierto y ambigüedad del Estado frente al fenómeno de las
invasiones, crearon esta gráfica expresión del “desborde popular”, que en los
años sesenta el presidente Belaúnde bautizaría con el eufemismo de “pueblos
jóvenes”.
Historia
del Perú Contemporáneo
Autores:
Carlos Contreras, Marcos Cueto pp. 241, 243
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