Hoy tocó en aula la Guerra con Chile, la campaña marítima. Y es inevitable recordar y elogiar al "Caballero de los Mares", Don Miguel Grau Seminario. Y para ello, ningun recurso es mejor, que el "Elogio a Miguel Grau" del gran Manuel Gonzalas Prada.
"Épocas hay en que todo un pueblo se personifica en un sólo individuo: Grecia en Alejandro, Roma en César,
España en Carlos V, Inglaterra en Cromwell, Francia en Napoleón, América en Bolívar. El Perú de 1879 no era Prado, La Puerta, ni Piérola; era Grau.
Cuando el Huáscar zarpaba de algún puerto en busca de aventuras, siempre arriesgadas, aunque a veces infructuosas, todos volvían los ojos al Comandante de la nave, todos lo seguían con las alas del corazón, todos estaban con él. Nadie ignoraba que el triunfo rayaba en lo imposible, atendida la superioridad de la escuadra chilena, pero el orgullo nacional se lisonjeaba de ver en el Huáscar un caballero andante de los mares, una imagen del famoso paladín que no contaba sus enemigos antes del combate porque aguardaba contarles vencidos o muertos.
Nosotros, legítimos herederos de la caballerosidad española, nos embriagábamos con el perfume de acciones heroicas; en tanto que otros, menos ilusos que nosotros y más imbuidos en las máximas del siglo, desdeñaban el humo de la gloria y se engolosinaban con el manjar de victorias fáciles y baratas.
¡Y merecíamos disculpa!
El Huáscar forzaba los bloqueos, daba caza a los transportes, sorprendía las escuadras, bombardeaba los puertos, escapaba ileso de las celadas o persecuciones, y más que nave, parecía un ser viviente con vuelo de águila, vista de lince y astucia de zorro. Merced al Huáscar, el mundo que sigue la causa de los vencedores, olvidaba nuestros desastres y nos quemaba incienso, merced al Huáscar los corazones menos abiertos a la esperanza cobraban entusiasmo y sentían el generoso estímulo del sacrificio; merced al Huáscar, en fin, el enemigo se desconcertaba en sus planes, tenía vacilaciones desalentadoras y devoraba el despecho de la vanidad humillada, porque el monitor, vigilando las costas del sur, apareciendo en el instante menos aguardado, parecía decir a la ambición de Chile : «Tú no pasarás de aquí». Todo esto debimos al Huáscar, y el alma del monitor era Grau.
El año 1865 hubo momentos en que Grau se atrajo las miradas de toda la nación, en que tuvo pendiente de sus manos la suerte del país. Conducía de los astilleros ingleses un buque de guerra a tiempo que la República se había revolucionado para deshacer el tratado Vivanco - Pareja. Plegándose a los revolucionarios, entregándoles el dominio del mar, Grau contribuyó eficazmente al derrumbamiento de Pezet. La popularidad de Grau empieza al encenderse la guerra contra Chile, antes pudo confundirse con sus émulos y compañeros de armas o diseñarse con las figuras más notables del cuadro, pero en los días de la prueba se dibujó de cuerpo entero, se destacó sobre todos, les eclipsó a todos. Fue comparado con Noel y Gálvez y disfrutó como Washington la dicha de ser «el primero en el amor de sus conciudadanos». El Perú todo lo apostrofaba como Napoleón a Goethe : «Eres un hombre».
Tal era el hombre que en buque mal artillado, con marinería inexperta, se vio rodeado y acometido por toda la escuadra chilena, el 8 de Octubre de 1879. En el combate homérico de uno contra siete, pudo Grau rendirse al enemigo; pero comprendió que por voluntad nacional estaba condenado a morir, que sus compatriotas no le habrían perdonado el mendigar en la escala de los buques vencedores.
Efectivamente, si a los admiradores de Grau se les hubiera preguntado qué exigían del Comandante del Huáscar el 8 de Octubre, todos habrían respondido como Horacio de Corneille : «¡Que muriera!».
Todo podía sufrirse con estoica resignación, menos el Huáscar a flote con su Comandante vivo. Necesitábamos el sacrificio de los buenos y humildes para borrar el oprobio de malos y soberbios. Sin Grau en la Punta de Angamos, sin Bolognesi en el Morro de Arica, ¿tendríamos derecho a llamarnos nación? ¡Qué escándalo no dimos al mundo desde las ridículas escaramuzas hasta las inexpicables dispersiones en masa, desde la fuga traidora de los caudillos hasta las sediciones bizantinas, desde las maquinaciones subterráneas de los ambiciosos vulgares hasta las tristes arlequinadas de los héroes funambulescos!"
De: “Páginas libres”
Autor: Manuel González Prada
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