Bien, cuentan las crónicas del antiguo Perú que para vadear el “Mayao” (Río Santa) los indios utilizaban balsas de calabazas en época crecida y en el estío lo hacían a nado o andando.
Durante el tiempo de la conquista y la colonia, el trajinar de los españoles por los caminos de estas tierras, sumó el caballo un elemento importante de apoyo no solo al español, sino a estos diestros “pasadores” que al anca llevaban a su acompañante.
Hasta bien entrada la Republica, aquellos hombres dedicados a la labor de trasladar de banda a banda a los pasajeros, seguían ejerciendo este oficio por un pago a sus servicios, que se convirtió en su diario sustento. A este hombre se le conoció con el nombre de “Chimbador” (del quechua “chimpay”: vadear o cruzar), perteneciente al gremio de los “Chimbadores”.
Habitaba el “Chimbador” muy cerca al rio y su gremio tenía un jefe conocido como “alcalde” con quien se hacia el arreglo para ejecutar la delicada operación de “pasada” y cuyo costo estaba en razón de la creciente y las dificultades que en ese momento presentaba el río.
El servicio de este gremio se torno inevitable, pues el río no contaba con un puente estable, pues los que se habían construido no resistían los caudales cargados en verano. Los “Chimbadores” constituían elementos indispensables del tránsito de sur a norte o viceversa de correos, comerciantes y toda clase de viajeros.
Los “Chimbadores” sirvieron también en las playas del mar en el puerto, transportando carga y pasajeros a las naves que fondeaban o llegaban a determinada distancia para evitar la resaca o marea. Carga y hombres salían en hombros de los recios “chimbadores”, y cuando no se hacía en los hombros, a horcajadas sujetados de las piernas.
En los puerto carentes de muelle, los “chimbadores”, a través de sus balsas o caballitos de totora, llevaban a bordo la leña o el agua necesaria, tan útiles para la navegación de entonces. Hábiles para el dominio del caballito de totora eran excelente pescadores y marisqueadores.
Si bien en la bahía el Ferrol no había un río cercano que vadear, habían muchos peces que pescar y en sus pampas y montes rebosantes de algarrobos, huarangos y pájaros bobos, mucha y buena leña que cortar. El “chimbador” que había extendido sus actividades a las faenas del mar “chimbaba”, “shimbaba” o “singaba” con su balsa o sin ella.
La bahía el Ferrol de aguas tranquilas, no tuvo un muelle hasta 1872. ¿Para qué habrían de ingresar los navegantes cuando el comercio se realizaba por los puertos de Santa, Samanco o Casma? Chimbote no tenia agua para abastecer a las naves. La “aguada” se proveía de Santa o Coishco. A Chimbote empezaron a ingresar por leña y carbón.
La navegación hasta 1840 era sólo a remo y a velas y por aquellos tiempos surcaban los mares galeones, carabelas, fragatas y bergantines. Estas naves se desplazaban con el viento, por ello los puertos abiertos eran los más aparentes y precisaban fondear a determinada distancia de la playa para hacerse a la mar sin dificultad.
Con la navegación a vapor se arriaron las velas. La leña y el carbón se tornaron indispensables para las caldeas y por lo tanto los montes y valles eran los naturales proveedores. Con este motivo las pampas de Chimbote, con tupidos bosques empezaron a figurar en las cartas de navegación como un punto de abastecimiento del apreciado combustible.
Los navegantes eran muy celosos cuidando sus botes que llevaban a bordo, con los cuales solían pisar tierra. No los exponían a resacas bravas y sólo los utilizaban en casos de urgencia. Preferían valerse de botes o balsas de la localidad para las faenas de carga o descarga.
En Chimbote, no hubo muelle desde la conquista, la colonia y gran parte de la republica, tampoco hubo botes, por lo que los embarques de leña y carbón se hacían en las balsas de los “Chimbadores”; poco a poco esta actividad fue adoptada por la comunidad indígena en general, habituada a las actividades del mar. Con el tiempo la tierra fue llamándose “Sin bote” o “Sin botes” y los hombres dedicados a este menester eran los “sinboteros” o “shimboteros”.
Los cartógrafos debían señalar con exactitud en las cartas marinas el lugar con un topónimo que lo caracterice y distinga. Esa característica fue, sin duda, la de “Sin bote” o “Sin boteros”; en la lengua española la “ese” suena como “eshe” y de “Sinbotero” derivo a “Chimbotero” y de éste al hermoso Chimbote.
Debo agregar que, existen otras teorías para el origen del nombre: Chimbote, como el de origen Muchic, que cada vez cobra más fuerza, o quechua, y otras más, pero la que he narrado aquí, es la de mi predilección.
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