Tuve el privilegio de nacer, vivir y crecer en Miramar Bajo. De niño mis camaradas y yo jugamos mucho en la plaza Grau y aledaños, y el mar fue siempre un amigo invitado a estos juegos (en su mayoría de espectador).
Siempre respete y temí al mar (será porque no sé nadar), pero sobretodo siempre lo admire, había momentos en que lo observaba por largos ratos, hasta que me acostumbre a observarlo muy seguido, muchas preguntas pasaron siempre por mi mente sobre el mar, pero lo que siempre me provocó una gran inquietud fue la presencia de esas enormes islas, allá en el horizonte, cómo se verá de allá hacia aquí, y qué hay más allá de ellas.
De niño obtuve siempre un sin número de respuestas sobre esas islas, pero la que más calo en mi fue saber que ante un eventual maremoto “ellas siempre nos protegerán, son como los guardianes de Chimbote”, me repetía mi abuela. Algún día las conoceré y sabré mas de ellas me prometí.
Paso el tiempo, todo cambia, y mi interés por esas islas se durmió, junto con otras inquietudes mías, pero siempre estaban ellas allí.
Continuó el paso del tiempo, me hice profesor de Historia y Geografía, y el interés por esas gigantes de piedras volvió, y esta vez no desistiría.
Organice la salida y esta vez me acompañarían 40 alumnos y mi amigo Elvis Machado (Profesor de Literatura). El viaje se inicio muy temprano, conocimos primero a la imponente Isla Blanca y a sus bullangueros habitantes que gracias a sus deposiciones obtiene ese color y de él su nombre; a sus lagartijas, habitantes tímidos y silenciosos que ayudan a sus vecinas de parásitos, su faro abandonado, sus cuevas y su papel en la historia del auge guanero por allá a inicios del siglo pasado.
Llegamos luego a las Islas Ferrol Norte, Centro y Sur, hermanas trillizas que se custodian unas a otras y acompañan a la mayor, Blanca, también de abundantes inquilinos bullangueros y además, tras de la ultima, una espectacular lobera con esos hermoso animales de mirada noble y tranquila, el paso del “hueco a la vela” y sus otras maravillas y secretos.
De regreso, bajamos en la Blanca, en una hermosa playa, allí el agua es transparente y tibia, la arena se mezcla con pequeños restos de diminutos mariscos, no es profunda; almorzamos y con sumo cuidado los restos son depositados en un determinado lugar.
Luego del baño y posterior almuerzo, es hora de la verdad, escalar a la Blanca y que me muestre, como ella observa a su querido Chimbote, al cual ha cuidado, cuida y cuidará, como una madre a un hijo. No me equivoque, es una de las cosas que más me ha impresionado en mi vida, es una hermosa vista, muy hermosa, que casi no puedo describir con simples palabras, y tengo 41 testigos de ese momento.
Llega la tarde, es hora de irse, salimos de la Blanca y recorremos el malecón Grau, que bonita bahía, pero el color de agua es evidente; así llegamos al final de nuestro recorrido, me despido de mi gran amigo y guía Jesús Andia, el encargado de llevarme a todos estos lugares.
Mis alumnos y yo, cansados regresamos a Nuevo Chimbote, ellos felices por el viaje, pero sobretodo conscientes de cuidar y preservar esas islas, ahora suyas, y las maravillas que ellas encierran.
Vuelvo a Miramar, observo el mar, ya no le temo (aunque sigo sin saber nadar), lo admiro mucho más, y allá en el horizonte esas hermosas y ahora queridas gigantes guardianes de piedra, me parecen observar, y yo aquí añorando regresar a ellas.
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