En 1986, la prestigiosa publicación “Journal of American Medical Association” hizo público un artículo en el que se detallaban, paso a paso, los aspectos físicos de la muerte de Jesús. Se trata del paso a paso, en cada uno de los hechos relatados en el Evangelio y tomando como referencia la Sabana Santa de Turín. Desde las 9 de la noche del jueves hasta las 3 de la tarde del viernes, que es la hora de su muerte, Jesús sufrió múltiples agresiones físicas y mentales, con el fin de causar una intensa agonía, debilitar a la víctima y acelerar la muerte en la cruz.
La Oración en el huerto (Lc. 22,39- 44) “Y Jesús, sumido en la agonía, insistía más en su oración. Su sudor se volvió como gotas espesas de sangre que caían a tierra”: El sudor de sangre, o hematohidrosis, es un fenómeno rarísimo. Se produce en condiciones excepcionales: para provocarlo se necesita un debilitamiento físico, y se atribuye a estados muy altos de estrés. Esto provoca una presión muy alta y congestión de los vasos sanguíneos de la cara; esto a su vez provoca pequeñas hemorragias en los capilares de la membrana basal de la piel, y algunos de estos vasos sanguíneos se encuentran adyacentes a las glándulas sudoríparas. La sangre se mezcla con el sudor y brota por la piel.
El arresto de Jesús (Mt 47, Mc. 14, 43-52; Lc. 22, 47-53 Jn 18, 2-12) “Poco después, Jesús fue arrestado por los oficiales del templo, que le llevaron durante toda la noche de un lado para otro a los lugares donde se celebraron los distintos juicios judíos y romanos”: El estrés y la pérdida sanguínea por la hematohidrosis, provoca en el cuerpo humano un aumento del metabolismo en su fase catabólica (consumo), el cual se refleja directamente en el consumo principal de carbohidratos (glucógeno); esta reserva es muy pobre y se acaba pronto, por lo que se inicia un estado en el cual se consumen las proteínas del cuerpo, y el catabolismo, en condiciones normales, puede estimular la redistribución de líquido del espacio intracelular al extracelular.
La flagelación (Mt. 27, 11-26, Jn. 19, 1-5, Mc 15, 16-20) “Le llevaron ante Anás, Caifás y el Sanedrín, y todos ellos le acusaron de blasfemia, un crimen que se penaba con la muerte. Pero como para ejecutarle necesitaban el permiso de la autoridad romana, le enviaron ante Poncio Pilatos acusándole de haber infringido las leyes romanas. Pilatos no le encontró culpa alguna y lo envió a Herodes. Y éste, de nuevo, lo devolvió a Pilatos, quien lo mandó azotar”: Según la ley judía este castigo se realizaba con un máximo de 39 latigazos, mismos que se le propinaron efectivamente. El látigo o flagelo, estaba formado por 4 ó 5 correas de piel de becerro, con bolas de plomo y pedazos de huesos de oveja insertados en los extremos. Despojado de sus ropas y atado a un poste, Jesús fue azotado repetidamente hasta quedar moribundo. Se estima que los latigazos provocaron heridas equivalentes a quemaduras de tercer grado; el latigo, desgarro la piel y el tejido subcutáneos, y las bolas de metal causaron serias contusiones. Se calcula que aproximadamente la pérdida sanguínea de cada uno de los flagelos es de 2 ml, y si lo multiplicamos por 39, y a su vez por 2.5 obtendremos la perdida hemática aproximada, que habría sido de 487ml. Por otra parte, Jesús recibió una tercera parte de los golpes en el pecho y el resto en la región lumbar, mientras permanecía inclinado hacia adelante y que algunas veces el flagelo desgarraba hasta el músculo, lo que debió de aumentar la pérdida de sangre.
Coronación de espinas (Mt 27, 27-30; Jn.19, 2-3 Mc 15, 16-20): Jesús fue llevado al Pretorio para desempeñar el papel de «juguete para las tropas»; costumbre que solía permitirse una vez al año. Allí fue abandonado dentro de un espacio confinado con un batallón de 600 pretorianos, cuerpo de guardia del emperador romano, famoso por su corrupción. Se sabe muy poco de lo que pasó entre aquellas paredes. Los soldados colocaron una tela sobre su espalda, y una corona de espinas sobre su cabeza. Se sabe que en el cuero cabelludo las heridas sangran aproximadamente de 10 a15 ml, dependiendo del sitio, podría estimarse que la sangre derramada por esta causa habría sido de 330 ml. Según la estatura calculada por los escritos de la época, se estima que Jesús midiera aproximadamente 1.80 m y pesara ente 78 y 80 Kg. Es decir, que su volumen circulante de líquido hemático debió de ser aproximadamente entre 5 y 6 litros, llevando a cuestas en ese punto una perdida sanguínea de 10 al 12 %, más los efectos fisiológicos del estrés y el ayuno agudo. En este momento podríamos decir que se encuentra en la clase I del choque hipovolémico.
La Crucifixión (Mc. 15, 20-32; Lc.23, 26-38, Jn 19,17-24): Entre los romanos, la costumbre era que el condenado llevase a cuestas el travesaño de su cruz, que pesa unos 50 kg., hasta el Gólgota, a aproximadamente 700 m. desde el Pretorio. Pero Jesús estaba demasiado débil para hacerlo. Aún así Jesús lleva la cruz, pero caía continuamente, por lo c que sangraba también en las rodillas, ya que su peso lo doblaba continuamente, y la pérdida sanguínea lo agobiaba siempre más. Una vez allí, los verdugos le quitaron sus vestiduras, pero su túnica se habría pegado a las heridas, por lo que arrancarla es algo que provoca un dolor atroz. Los soldados le arrojaron al suelo con los brazos extendidos para clavarle a la cruz, con lo que lograrían reabrir las heridas de los latigazos. Para fijar al condenado a la cruz, los soldados romanos utilizaban tres clavos de 13 a 18 cms de largo: dos para las extremidades superiores y sólo uno para ambos pies. En el caso de Jesús, el verdugo tomaba un clavo, lo apoyaba sobre la muñeca, y con un golpe seco de martillo lo clavaba y remachaba en la madera. En ese mismo instante, el pulgar de Jesús, con un movimiento violento se habría puesto en oposición a la palma de la mano y los dedos medio e índice se habrían paralizado de manera recta, lesionando el nervio mediano. Con las dos muñecas clavadas a la cruz, y el cuerpo suspendido, la única forma de inhalar y exhalar aire sería elevando el cuerpo. En cada subida y bajada, las profundas heridas de la espalda de Jesús habrían rozado obligatoriamente con la madera áspera de la cruz, con lo que, casi con toda seguridad, su espalda habría continuado desangrándose durante la cruel ejecución. Los pies se fijaban con un solo clavo al madero.
En cada ciclo respiratorio, Jesús habría necesitado derrochar una gran cantidad de energía para levantar todo el peso de su cuerpo, tomar aire, y volver a descender lo más suavemente posible para evitar el dolor desgarrante de los clavos de las muñecas. Mientras que Jesús colgaba en la cruz, el peso de su cuerpo habría abatido al diafragma y el aire se habría introducido en los pulmones, permaneciendo allí. Para exhalar, Jesús debía empujar hacia arriba impulsándose sobre sus pies clavados, causándole esto aún más dolor. Para hablar, el aire debe pasar sobre las cuerdas vocales durante la exhalación. Los evangelios mencionan que Jesús habló siete veces desde la cruz.
Según William D. Edwards de la revista JAMA, el efecto más importante de la crucifixión, aparte del dolor abominable, era la dificultad para respirar, sobre todo para exhalar el aire. Edwards cree que esta insuficiencia acabó en una hipercapnia -es decir, un exceso de dióxido de carbono en los líquidos corporales- y una fatiga, que se acompañó pronto de calambres musculares y contracciones tetánicas. En definitiva: cada uno de los movimientos para conseguir un poco de oxígeno se convirtieron en un esfuerzo agonizante, lo que condujo finalmente a la asfixia de Jesús.
La dificultad para exhalación conduce a una forma lenta de sofocación. El bióxido de carbono se acumula en la sangre, dando como resultado un alto nivel del ácido carbónico en la sangre. El cuerpo responde por instinto, accionando el deseo de respirar. En el mismo tiempo, el corazón late más rápido para circular el poco oxígeno disponible. La hipoxemia (debida a la dificultad en la exhalación) daña a los tejidos y a los capilares, tornándose éstos más permeables (es decir comienza a escaparse el líquido hemático, infiltrándose en los tejidos). Esto da lugar a una acumulación del líquido alrededor del corazón (derrame pericárdico) y de los pulmones (derrame pleural). Los pulmones, colapsados por el diafragma y el derrame pleural, la deshidratación y la inhabilidad de conseguir suficiente oxígeno para los tejidos, esencialmente sofocan a la víctima. La falta de oxígeno también daña el corazón (infarto del miocardio) lo que conduce a una falla cardíaca.
Pero, siguiendo la tradición, atravesaron el lado derecho de su cuerpo con una espada. Los evangelios de San Juan (Jn 19,34), narran que después del «golpe de gracia» comenzó a salir sangre y agua de la herida, en ese orden.
James Thompson cree que Jesús no murió por agotamiento, ni por los golpes o por las 3 horas de crucifixión, sino que murió por agonía de la mente, la cual le produjo el rompimiento del corazón. Su evidencia viene de lo que sucedió cuando el soldado romano atravesó el costado izquierdo del Cristo. Esto prueba no tan solo que Jesús ya estaba muerto cuando fue traspasado, sino que Thompson cree que ello también es una evidencia del rompimiento cardíaco. El renombrado fisiólogo Samuel Houghton cree que tan sólo la combinación de crucifixión y ruptura del corazón podría producir este resultado.
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