Todos han oído alguna vez la historia aquella de los romances entre Cristóbal Colón y la reina Isabel la Católica; romances que le valieron el financiamiento de sus tres carabelas y, por lo tanto, de su viaje a América. Sin embargo, como suele ocurrir, la historia oficial y sus rumores no son muy acertados.
La verdadera historia se encuentra en unos manuscritos muy curiosos que nadie se había tomado la molestia en publicar, o que alguien se había tomado la inmensa molestia de esconder. Me refiero a los diarios privados de Cristóbal Colón.
Ella tiene el poder para borrarme de la historia si quiere, pero es muy astuta. Sabe que mis descubrimientos son importantes, sabe cómo adjudicárselos. Ya dio el primer paso; ahora corren rumores por todos lados de que yo le pedí el dinero porque había hecho cálculos precisos y había llegado a la conclusión de que el mundo es esférico... No es nada nuevo, hace siglos que se sabía.
Ella conocía mi miedo por los monstruos del mar (mismo miedo que ella y todos los hombres sienten) y fue por eso que me “dio” los tres barcos, tripulados por todos los bandidos del Reino: es lista, qué mejor forma de deshacerse de la escoria con su nombre limpio. Además, si algo descubríamos, sería también en su nombre.
Y pensar que todo por culpa de un simple desplante. Como siempre he dicho: “Todo en este mundo se reduce a historias de amor”, aunque en este caso fue desamor.

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